viernes, 20 de noviembre de 2009

...

1

Rayado de penumbra

sobre el lienzo blancuzco de tu pecho,


¿Como guardar el secreto

de tus manos muertas y tus caderas inquietas

de la humedad en la antes árida encarnación de voz

de ese grito por sobre todo

y de mi hambre en secreto?



2

La grieta de tus palabras vacías

se recupera con ausencia,

con farsas nuevas compartidas

con mentiras y actos sin castigo

sin valer la pena

no valemos la pena.





3

Con intenciones marchitas

en esperas silenciosas

siento te aferras a mi espalda

justo en el momento seco

cubierto con apariencias percudidas,


en verdad no temo la falsedad

obsequiado de tu figura rendida

a mis pies sedientos de plegarias

alimento para mi espejo

tu ausencia redime tu confianza

el desinterés antes varado

se ha movido.



4

Una falla más

líneas más y comida menos

un cristal pálido

todo y el ausente incontrolable

con mis palabras duras

que linda palabra dura,


en este escalón mas alto

me quedé atorado.




5

Estoy soñando voces que creí muertas

con cuerpos inertes y antiguos,


encanto de secuencias todas similares

decepciones viejas renovándose

enmarcados por resquicios de tu ternura


casi agradecido

después de tus juegos desesperados

casi soportable si acompañado,


no concibo el mañana

mi hoy fundido con tu ayer

con tiempos desolados y confusos

con encierros colmados de pasividad,


solo una parte despierta

toda mi piel morada y soñolienta

el viaje al camino nuevo

al cero,

la novedad rendida

al transcurso de cotidianeidad envejecida,


nuevas figuras sin mi mirada

sólo ganas de repetir mi mínimo de placer

tus pálidas venas en retirada

un mareo en el inesperado amanecer

nadando entre cristales, yerba y papel

rescatando joyas supuestas

de incendios consentidos

de absurda quietud convenida.



6


Silencia las palabras que no deseas decir

sólo tenías una oportunidad

y se ha escapado de tus manos,

como la arena de alguna playa que nunca pisamos


En un instante de resonancia perpetua,

unas horas haciendo eco en los años venideros

… y ahora?


7


Siento poco los dedos

poco la punta de la lengua

poco los ojos resecos

y tanto todo tu frío a leguas


hoy leí otra vez todo

con unos brazos cansados

descubriendo que nada ha cambiado

que solo retrasé el inconveniente

el nudo final e imposible.



8


Cierra tus ojos,

ciérralos y escucha la mentira del viento,

la falsa promesa de los días perdidos

y avísame cuando no te cause mal este recuerdo distante,

cuando mi nombre no se borre apenas entre a ti

y si acaso te quedan ganas de volver a abrir los ojos,

haz memoria del daguerrotipo gastado de lo que nunca fuimos

quizás entonces entiendas la desolación de lo nunca iniciado

el vacío eterno de una evocación quebrada.



9

El cielo oscurece sin razón

y es la luna de encendedor esa que me mantiene despierto

la noche entera frente al blanco cubierto

al amanecer desierto de canción


es la víspera del bello desencanto

el regreso a pronto aburridos reencuentros

de musica desnuda de destellos

a la gente bañada en tardes sin deseos


Karina

Escucho romper las olas detrás de mis párpados húmedos y cansados. Una cortina de viento y pequeñas gotitas me erizan la piel y mojan mi ropa y su cuerpo inerte y desnudo. Se ha quedado dormida y no ha querido vestirse. No ha querido ir a descansar a otra parte, no ha querido escuchar más mis poco probables reconstrucciones de anoche, no ha resuelto en nada aún. El sol dibuja su contorno iluminando el casi imperceptible vello dorado que cubre toda su piel y me doy cuenta en un instante de lucidez que en sus sueños solloza suavemente.

No ha pasado mucho tiempo desde la última vez que despertábamos frente a algún pedazo de mar sin saber exactamente cómo habíamos llegado ahí. Pero ésta vez era diferente, ésta vez teníamos golpes atravesándose por entre la resaca y la piel. Todo era culpa del deseo de escapar la monotonía y desolación de nuestros lugares de nacimiento; ciudades dejadas al tiempo y la erosión y que, sentenciadas a su misma desidia, exterminan el valor de las mentes, en algunos casos adormeciéndolas y dejándolas morir y otras veces, retorciendo las que sufrían mas cercanamente esa curiosa perversión que florece constantemente en las ciudades pequeñas, como en un juego de aburrimiento en donde se digiere a si misma.

Karina respiraba suave, pero pequeños estremecimientos producto de los sollozos apagados, le sacudían el cuerpo. Me acerqué a ella, le toqué el hombro y se sacudió con la sensación fría de mi piel, con los ojos muy abiertos se dio la vuelta para verme. Le dije que era hora de movernos y lentamente se incorporó. Se secó las pequeñísimas lágrimas y estiro el cuerpo de gata hacia el cielo. Se puso las medias negras hasta la mitad y mi playera que le quedaba ancha al delgado cuerpo y que cortó en ciertas zonas con las mismas tijeras con las que se había cortado el pelo rojo brillante y artificial, las botas grises altas y los lentes oscuros que sólo para dormir se quitaba, pues tenia ya tan desmenuzada la cabeza que no le alcanzaba fuerza para mantener ambos ojos en su sitio. Pero sólo yo sabía eso.

El sol se levantaba firme sobre el agua oscura de arena y el estruendoso ronroneo del océano nos acompañó hasta el auto. Dentro encendimos el auto para salir a la carretera y un cigarrillo, el último que teníamos. Hablamos de la noche anterior y era claro que no recordábamos gran parte, pero en la cartera de Karina faltaba toda una tira de pastillas y la completa falta de recuerdos comenzó a tener sentido. Hacia unas 14 horas salimos del hotel donde nos habíamos quedado y caminamos por sobre las pequeñas y húmedas baldosas rosadas que se iluminaban por las luces de todos los apretados tugurios de luces y música repetitivos que a lo largo de la calle se llenaban de seres de pieles suaves que en su interior guardaban los corroídos restos de sus noches sin memorias. Entramos a alguno de esos lugares y de entonces solo recuerdo tomar la primera pastilla y el amanecer frente a la brisa del océano y el cuerpo desnudo de la gatita que me acompañaba a todas partes.

La sed y el hambre se notaban en la mirada descuidada y triste de Karina que se perdía en las lineas intermitentes amarillas y era claro que le dolía la mandíbula. Fue en un tugurio de paredes de piel, luces brillantes y repetitivas secuencias de sonidos en el centro de alguna ciudad poblada por hermosos seres que se desbarataban cada día con todos los sortilegios que les ofrecía la ciudad, para todos los sentidos y para cada ocasión; donde conocí a Karina, la mujer de cuerpo de gata que se encerraba en si misma y bailaba para sí misma siempre con los lentes oscuros, siempre sola. Una niña perdida en su gusto por los golpes de cabeza. Hermosa y triste en su encuentro constante con la soledad, sin entender que es de su propia crudeza, esa que el cuerpo y los ojos de gata le palidecen, de donde nace su soledad incomprensible. Se aferra a mi casi imperceptible admiración ante sus tantos defectos y tantas cualidades. Pero sabe que me cautiva y no entiende porque, simula no quererme y no entiendo porque. Tiene la pequeña y afilada nariz cubierta de un leve rocío, el día ha estado muy frío y ella suda todas sus últimas horas. Detuve el auto a petición de Karina y abrió la puerta antes de llegar a estar completamente quietos para vomitar lo poco que su estómago no logró absorber. Regresó al asiento junto a mí y me sonrió suavemente antes de acomodarse para dormir. Ya se sentía mejor.

Manejé casi 2 horas a través de una ciudad oscura llena de luces tenues a lo largo del camino y a las afueras de la misma, renté una habitación en el motel más decente que encontré. Karina entró en el baño y dejó correr el agua de la bañera. Me pidió el bolso y antes de dárselo saqué la pequeña bolsita de ceniza azul, salí al balcón y la vacié al viento. Recostado en la cama me absorbió el sueño y un par de horas después me despertó un aroma a piel y plástico dulce. Se abren mis ojos y veo a Karina desnuda frente al espejo con la luz del poste del estacionamiento delineándole el cuerpo delgado, tal vez demasiado delgado. Tiene 2 espejos, uno de ellos perpendicular al que la refleja y uno de ellos manchado de azul. Los ojos desorbitados que se cubre cuando advierte mi mirada sobre la huesuda silueta. Se da la vuelta y me mira a través de los cristales oscuros que le cubren por completo los puntiagudos pómulos que adelgazan su cara. Tiene los gruesos labios apretados. Se acerca a mi y me abraza. La piel suave y su aroma a zarzamoras de fábrica me hacen tragarme el recriminarle haberse guardado otros tantos gramos de esas cenizas azules que tan suavemente se revuelven en las bolsitas que de sus amigos consigue, moviéndose suaves como si tuvieran vida propia. Me quita la ropa sin mirarme a los ojos, con la cabeza baja y respirando agitada.

El sol aún sin ser visible detrás de las montañas al fondo del valle, vomitaba un acuoso algodón naranja brillante a través del azul pálido. Pedí al restaurante nos hicieran traer panqueques, mermelada, café y jugo de naranja y Karina se despertó contenta de la sorpresa, con los modos juguetones que su buen humor acarreaban. El resto del día nos mantuvimos retozando y poco después del anochecer abordamos el auto y manejamos en la oscuridad con Band Of Horses de compañía. El paisaje se extendía calmo y con luces amotinadas sobre la falda de la montaña como fondo. Desentonada, cantaba las canciones bajísimo mientras escribía en la libretita roja que guardaba entre sus gruesas medias negras y el vientre y de la que nunca se separaba. El parabrisas se llenaba lenta y progresivamente de gotas pesadas que entonaban curiosas sucesiones de golpes sobre el techo de latón del destartalado auto que manejábamos. El auto se enfriaba y Karina liaba otro cigarrillo de cenizas azules.

Acercándose el amanecer, Karina tomó el volante y entramos a un desolado pueblito grisáceo de tejas rojizas cuyos límites se marcaban por la pesada neblina que se extendía a través de los edificios carcomiendo enteras las paredes. Lo que años antes era un pueblo colorido y lleno de vida, se había poco a poco convertido en el desolado páramo que ahora veíamos.

Encontramos a “X” sentado en la barra de un destartalado bar en el corazón de la niebla. Bajo, de espaldas anchas y una barba gruesa cubriéndole el rostro sereno, salto del banco al vernos entrar y caminó al fondo del bar después de con la mano pedirnos que lo siguiéramos. Nos llevó al fumadero donde las antes niñas que por el colorido pueblito de paredes de colores y de soles radiantes corrían, jugaban y reían, fumaban de narguiles de cristal el mazacote de colores brillantes que les cambiaban por placeres de sus cuerpos cristalinos o les vendían en precios irracionales a las que apenas empezaban y que las dejaba tranquilas, sumidas en un sopor de estremecimientos suaves y tan placenteros que no deseaban salir mas de ahí. “X” se sentó entre los almohadones después de hacer a un lado dos tersos cuerpos consumidos de tanto fumar. Sacó del bolsillo un gotero de cristal oscuro, separó sus párpados con los dedos gordos y manchados de ceniza y echo una gota del espeso líquido en el ojo izquierdo. Permaneció quieto un momento y al bajar la vista, tenía un iris tan grande que apenas se alcanzaba adivinar la blancuzca evidencia de que era un ojo y no un enorme ópalo negro el que nos miraba. Cubrió su ojo derecho con un parche que antes reposaba sobre su frente y encendió el narguile soltando bocanadas de humos de aromas picantes. Nos observo callado y le ofreció el frasquito a Karina quien se aplico una gota en cada ojo y se quedó quieta observándonos con 2 enormes manchones de tinta brillante donde antes sus ojos felinos descansaban.

Los bombillos envueltos en lámparas chinas de papel rojo, iluminaban la pesada humareda que nos envolvía y “X”, silencioso, envuelve pacientemente una caja pequeña en papel azul metálico mientras canta una dulce cancioncilla sin tener muy clara la letra de la misma. Me entrega la caja envuelta que brilla en contraste con el rojo vivo de los bombillos que nos iluminan y toma mis manos entre sus manos. – Cuídala y cuida de esto- me dice después de descubrir el ojo sano en medio de una seriedad y con la fuerza de las manos que buscan hacer certera la advertencia.

Saqué cargando a Karina del lugar y después de subirla al asiento trasero le quité las botas y la cubrí con mi pesado abrigo negro para que tratara de bajar del embrollo mental en el que estaba. Karina solía hacer esto. Solía quedar tan inútil que no me quedaba más alternativa que aislarla del resto de planeta para evitarle el regreso a los despertares en medio de una acera mojada y sucia.

No estaba seguro de querer continuar con la situación. De si en realidad deseaba concentrarme en evitarle a esta bella mujercita el desastre al que se enfilaba si continuaba como a ella le gustaba vivir. Era un trabajo extenuaste, siempre atento de todo eso que ella necesitaba y quería. Viviendo a través de los errores de quien no le importa cometer errores y cometiéndolos aún cuando sabes que los vas a cometer y arrepintiéndote por no tomar la decisión correcta.

Manejamos 2 días y Karina no despierta. Apenas respira, apenas se mueve la esbelta espalda y sus labios partidos, mordidos y secos son evidencia de la inutilidad de su nariz.

Decidí llevarla a la playa y acostarla sobre la arena tibia para que descansara con el murmuro del mar. Pero al detener el motor me dí cuenta que la respiración de Karina se apaciguaba a ritmo con el oleaje y cada vez la piel se le trasparentaba más, dejando ver sus pulmones húmedos de alquitrán, su bella piel palideciendo y mostrando el interior quemado y marchito. Cada vez palidece más y más, como un espejo viejo que ya no refleja y dejando dos boquetes enormes donde sus felinos ojos descansaban. Apenas una silueta de tono lechoso mezclándose con el granulado de la arena donde antes descansaba su cuerpo.

Todo el tiempo fueron los mismos escenarios donde nacían y morían esos personajes que me acompañaban a todos lados y a quienes para dar gusto terminaba por llevar al mar. Lugar donde los encontré y donde palidecían hasta hacerse con la arena y con el murmullo del planeta que no existe. Todos parte de mi, parte de la construcción que me evitaba la soledad, de la idealización de espacios vacíos que llenaba buscando no pensar en que la única entrada de luz que tenía estaba rayada por gruesos barrotes de hierro y que la plancha de concreto sobre la que dormía nunca cambió.

Ojos

Hay un vacío donde antes estaban mis ojos. Sucedió anoche, mientras dormía y se que fueron silenciosos y sutiles en irse pues apenas recuerdo una suave incomodidad y hace unos momentos el despertador se disparó y desperté asombrado de no haber sentido el sol filtrándose por entre las persianas que cada noche dejo ligeramente abiertas con el fin recibir el alba y despertar con el día.


He perdido los ojos. Se fueron y no tengo idea de a donde podrán haberse ido. Imagino se encuentran en la costanera observando la bella salida del sol pues eso es algo que yo disfruto enormemente y se bien ellos también.


Con pasos torpes y los brazos estirados buscando cualquier cambio en la habitación que conozco ya tanto y que ahora no se siente como antes, logro llevarme hasta el baño y procuro continuar mis actividades normales pues confío en que no tardarán en aparecer y ocupar los lugares vacíos de mi cabeza donde pertenecen.

Mientras con las manos busco la pasta de dientes y mi cepillo ya tan viejo e inútil, escucho el rugido pesado y humeante de un bus afuera en la calle de abajo que se cuela por la ventanilla de mi baño que no es lo suficientemente grande para aliviar el pequeño espacio del vapor que produzco con mis duchas matutinas y que siempre resulta en una humedad que se pega en todas las paredes y que no permite que esta parte del pequeño cuartucho donde vivo se mantenga limpia durante más de un par de días.


Mi vecina encendió ya la música que la acompaña durante el día, el problema es que no es de mi agrado y el volumen tiene que ser tan alto como para que yo y el resto del edificio lo escuchemos y de igual manera ella pueda apenas percibir el murmullo de esa simpleza de sonidos que a ella tanto le gustan con esos oídos que parecen percibir cada vez menos. Apenas hace unos meses la música no era tan alta. Ella suele pararse en la puerta principal del edificio y esperar a alguien, por lo menos eso le cuenta a todo el que salga o entre. Después de un par de horas, cierra la puerta y camina con la misma expresión decepcionada y se encierra el resto del día en el departamento minúsculo a reventarse lo poco que le queda en los oídos con esa música que apenas puede sentir.


Me costó bastante poder regresar hasta la cama por los objetos que con los que no pude evitar tropezar y es claro que hay pequeñas criaturas moviéndose por entre los pocos muebles y las cajas. Caminando por encima de los libros y de mis pies desnudos, son suaves y fríos, de piel tersa y sus patitas tienen garras pequeñas que suenan como rebotes por todo el piso de madera.


Me siento al borde del colchón con las piernas estiradas sobre el piso y busco con las manos la caja de zapatos donde guardo todo lo que me es importante. Al encontrarla remuevo el contenido con los dedos y encuentro mis lentes oscuros, al borde de la cama están mis jeans y la camiseta blanca que usé ayer y que usaré mañana. Después de vestirme me extiendo a través del piso y mis manos van en busca de los zapatos que ayer antes de acostarme me quité con una patada y que se están por ahí. Las criaturas corren por todos lados y sus pequeñas garras producen un sonido que es distinto cuando mis oídos están tan cerca de la madera. De fondo, la música de mi vecina. Encuentro los zapatos y trato ahora de encontrar las llaves, que después de unos minutos me doy cuenta están en el bolsillo de mis jeans. Ahora solo me queda armarme de valor para salir a la calle y encontrar mis ojos, cosa que obviamente no resultará tan simple y que como aventura tiene todas las características del fracaso y el riesgo sin sentido. Quizás debería esperar a que ellos se den cuenta de que no pueden dejarme así, que son necesitados y esto los empuje a regresar y hacerme la vida más fácil, quizás entonces tratarlos mejor, procurarles atardeceres y mujeres bonitas para observar.


Llego a la puerta y al abrirla todas las criaturas se detienen de golpe, como esperando algo; salgo al pasillo y después de dar llave a la puerta, se reanudan en el interior de mi departamento los movimientos y golpecitos de garras en el piso de madera.


El camino a través del pasillo se siente más lento que de costumbre, lo único en mi mente es el deseo de no cruzarme con nadie pues es difícil que te crean que tus ojos se han ido por voluntad propia y que bien sabes lo caprichosos que suelen ser; significando esto que regresaran, si, pero no pronto y no contentos de hacerlo. Todo lo anterior explicado, por ejemplo, a mi vecina de oídos fallidos; resultaría en llamadas a la policía hablando del loco del departamento de enfrente que ahora (pues es común que este tipo de cosas me ocurran) dice haber perdido los ojos y muy seguramente en preguntas difíciles de responder como que son esas criaturas que corren por todo el departamento y que muy seguramente no podrán ver, solo escuchar. Es por esto, que me aferro a la pared y lentamente camino, en caso de que alguien pase cerca de mi, planeo quedarme quieto y dejar pasar a quien quiera hacerlo sin hablarle y sin observarlo.


Logré salir a la calle sin ningún problema, aunque me doy cuenta lo difícil que puede resultar salir al barullo ensordecedor de la calle sin poder ver nada, es claro que entre los buses, autos, la desesperación de la vida de todos los días que se refleja en claxons continuos y es casi como un concierto de sordos con partituras de distintas músicas cada uno.


Por esto me siento en el más alto de los escalones a tranquilizarme un poco y tratar de ordenar todo lo sucedido y así decidir a donde seguir. Me doy cuenta que el movimiento natural de esta ciudad no se ve diezmado por el hecho de que esté un hombre sentado fuera de su casa con lentes oscuros debido al furtivo escape de sus ojos y tengo muy claro que hechos aún más peligrosos y tristes son igual de ignorados, todo por un sinnúmero de razones aunque sin negar que todas tienen que ver con la comodidad de una vida llevada a cierto punto. Preocuparnos por todo este tipo de asuntos nos resultaría en una vida llena de consternaciones por cosas que no podemos arreglar sin dejar de cubrir todo aquello que necesitamos para el día a día. Si no tenemos que comer, difícilmente nos podemos preocupar por que otros no coman.


No se bien que hora es, en inicio, cuando dejé la incomodidad de mi departamento podía aún imaginar un cierto tiempo transcurrido de este raro día; sin embargo conforme me pasan las horas o los minutos o quizás los días me doy cuenta que he perdido la casa, que no se bien en que parte de esta ciudad estoy y también que mi caminar que antes podía mas o menos recordar, se ha hecho una maraña de izquierdas y derechas que ya no tienen sentido y que me confunden cada vez más. Por lo cual, continuo caminando en busca de un asiento o un pedazo de pasto donde pueda recostarme y pensar un poco. Sin dirección, sin idea de donde podré estar y también con la vergüenza de quien no puede permitirse admitir que sus globos oculares se han ido y no sabe a donde fueron ni cuando regresaran. Lo que es peor, que aún si ellos regresaran, digamos, al departamento; no me encontrarían y aunque se que es la primera vez que advierto la presencia de estas criaturitas que corren por todos lados en mi habitación, estoy convencido que no es el lugar apropiado para un par de ojos solos. Si llegaran a devorarlos, estaría destinado a no ver por el resto de mi vida y eso si es un problema.


Ha caído la ciudad en un silencio incomprensible, no hay autos cerca y hace bastante tiempo que no escucho un grito, una voz cercana e incomprensible o una risa lejana. No hay ningún bus cerca y no lo ha habido en mucho tiempo, me queda claro entonces que todos han desaparecido. Que se han vaciado las calles y esto les hará a mis ojos mucho más simple encontrarme, asumiendo que están ya más tranquilos y están buscándome.


Tengo la cara rasposa, la barba me ha crecido ya bastante. Esto me preocupa pues que el vello en mi rostro crezca hasta el punto en que puedo sentirlo, es algo que no había sucedido sino hasta ahora. Esto significa que han pasado ya muchos días o que en el mejor de los casos, mi metabolismo ha cambiado y ahora mi barba crece mucho más que antes. Quizás ambos…


Hoy hay un zumbido alrededor mío desde hace bastante. Como ya he dicho, el tiempo me es, conforme pasa, mas y mas confuso, como si de alguna manera, el que mis ojos estén perdidos, me haya dejado confundido en un mundo donde ellos son los que perciben nuestra idea de tiempo. Dejándome preguntas que no se pueden responder y todavía sin la mínima esperanza de poder regresar a casa o de recuperar la tranquilidad de no sentir mis párpados como pedacitos de tela que ondean con rapidez cuando el viento me da en la cara.


No los culpo, a mis ojos. Observando tantos niños de miradas tristes, la suciedad, la miseria y todo eso que ya sabemos ignorar pero que no nos preguntamos como es que hemos aprendido a hacerlo. Haciéndonos las cosas más simples construyendo una tranquilidad a base de ojos que ven pero no sienten.

Y es por esto que no los culpo, se que se fueron para evitar repetir la rutina constante de siempre ver a alguien distinto en una situación nueva.


Otra vez el silencio, perdido en una penumbra y un silencio que hasta hace no se cuanto era el barullo incesante de la ciudad de maquinas funcionando. Una calma que ni el viento rompe, pareciendo como si no existiera nada más. Ahora siento mis pies posándose en un material suave que antes era lo que imagino era pasto. Me inclino para sentir el suelo con mis manos y es como si me hundiera en agua y me envuelve y no necesito respirar. Consciente, flotando en un liquido tibio, con la única esperanza de que quizás esto sea solo un sueño y que pronto despertaré.


Quizás aquí voy a quedarme y es todo culpa de que mis ojos se hayan ido. Que me hayan dejado solo conscientes de que esto iba a suceder, creo yo. Abandonándome para ocultarse donde no verían más que el negro que ahora y siempre voy a continuar viendo. Mis cabeza y el resto se sienten vacíos. He perdido los ojos.