viernes, 20 de noviembre de 2009

Karina

Escucho romper las olas detrás de mis párpados húmedos y cansados. Una cortina de viento y pequeñas gotitas me erizan la piel y mojan mi ropa y su cuerpo inerte y desnudo. Se ha quedado dormida y no ha querido vestirse. No ha querido ir a descansar a otra parte, no ha querido escuchar más mis poco probables reconstrucciones de anoche, no ha resuelto en nada aún. El sol dibuja su contorno iluminando el casi imperceptible vello dorado que cubre toda su piel y me doy cuenta en un instante de lucidez que en sus sueños solloza suavemente.

No ha pasado mucho tiempo desde la última vez que despertábamos frente a algún pedazo de mar sin saber exactamente cómo habíamos llegado ahí. Pero ésta vez era diferente, ésta vez teníamos golpes atravesándose por entre la resaca y la piel. Todo era culpa del deseo de escapar la monotonía y desolación de nuestros lugares de nacimiento; ciudades dejadas al tiempo y la erosión y que, sentenciadas a su misma desidia, exterminan el valor de las mentes, en algunos casos adormeciéndolas y dejándolas morir y otras veces, retorciendo las que sufrían mas cercanamente esa curiosa perversión que florece constantemente en las ciudades pequeñas, como en un juego de aburrimiento en donde se digiere a si misma.

Karina respiraba suave, pero pequeños estremecimientos producto de los sollozos apagados, le sacudían el cuerpo. Me acerqué a ella, le toqué el hombro y se sacudió con la sensación fría de mi piel, con los ojos muy abiertos se dio la vuelta para verme. Le dije que era hora de movernos y lentamente se incorporó. Se secó las pequeñísimas lágrimas y estiro el cuerpo de gata hacia el cielo. Se puso las medias negras hasta la mitad y mi playera que le quedaba ancha al delgado cuerpo y que cortó en ciertas zonas con las mismas tijeras con las que se había cortado el pelo rojo brillante y artificial, las botas grises altas y los lentes oscuros que sólo para dormir se quitaba, pues tenia ya tan desmenuzada la cabeza que no le alcanzaba fuerza para mantener ambos ojos en su sitio. Pero sólo yo sabía eso.

El sol se levantaba firme sobre el agua oscura de arena y el estruendoso ronroneo del océano nos acompañó hasta el auto. Dentro encendimos el auto para salir a la carretera y un cigarrillo, el último que teníamos. Hablamos de la noche anterior y era claro que no recordábamos gran parte, pero en la cartera de Karina faltaba toda una tira de pastillas y la completa falta de recuerdos comenzó a tener sentido. Hacia unas 14 horas salimos del hotel donde nos habíamos quedado y caminamos por sobre las pequeñas y húmedas baldosas rosadas que se iluminaban por las luces de todos los apretados tugurios de luces y música repetitivos que a lo largo de la calle se llenaban de seres de pieles suaves que en su interior guardaban los corroídos restos de sus noches sin memorias. Entramos a alguno de esos lugares y de entonces solo recuerdo tomar la primera pastilla y el amanecer frente a la brisa del océano y el cuerpo desnudo de la gatita que me acompañaba a todas partes.

La sed y el hambre se notaban en la mirada descuidada y triste de Karina que se perdía en las lineas intermitentes amarillas y era claro que le dolía la mandíbula. Fue en un tugurio de paredes de piel, luces brillantes y repetitivas secuencias de sonidos en el centro de alguna ciudad poblada por hermosos seres que se desbarataban cada día con todos los sortilegios que les ofrecía la ciudad, para todos los sentidos y para cada ocasión; donde conocí a Karina, la mujer de cuerpo de gata que se encerraba en si misma y bailaba para sí misma siempre con los lentes oscuros, siempre sola. Una niña perdida en su gusto por los golpes de cabeza. Hermosa y triste en su encuentro constante con la soledad, sin entender que es de su propia crudeza, esa que el cuerpo y los ojos de gata le palidecen, de donde nace su soledad incomprensible. Se aferra a mi casi imperceptible admiración ante sus tantos defectos y tantas cualidades. Pero sabe que me cautiva y no entiende porque, simula no quererme y no entiendo porque. Tiene la pequeña y afilada nariz cubierta de un leve rocío, el día ha estado muy frío y ella suda todas sus últimas horas. Detuve el auto a petición de Karina y abrió la puerta antes de llegar a estar completamente quietos para vomitar lo poco que su estómago no logró absorber. Regresó al asiento junto a mí y me sonrió suavemente antes de acomodarse para dormir. Ya se sentía mejor.

Manejé casi 2 horas a través de una ciudad oscura llena de luces tenues a lo largo del camino y a las afueras de la misma, renté una habitación en el motel más decente que encontré. Karina entró en el baño y dejó correr el agua de la bañera. Me pidió el bolso y antes de dárselo saqué la pequeña bolsita de ceniza azul, salí al balcón y la vacié al viento. Recostado en la cama me absorbió el sueño y un par de horas después me despertó un aroma a piel y plástico dulce. Se abren mis ojos y veo a Karina desnuda frente al espejo con la luz del poste del estacionamiento delineándole el cuerpo delgado, tal vez demasiado delgado. Tiene 2 espejos, uno de ellos perpendicular al que la refleja y uno de ellos manchado de azul. Los ojos desorbitados que se cubre cuando advierte mi mirada sobre la huesuda silueta. Se da la vuelta y me mira a través de los cristales oscuros que le cubren por completo los puntiagudos pómulos que adelgazan su cara. Tiene los gruesos labios apretados. Se acerca a mi y me abraza. La piel suave y su aroma a zarzamoras de fábrica me hacen tragarme el recriminarle haberse guardado otros tantos gramos de esas cenizas azules que tan suavemente se revuelven en las bolsitas que de sus amigos consigue, moviéndose suaves como si tuvieran vida propia. Me quita la ropa sin mirarme a los ojos, con la cabeza baja y respirando agitada.

El sol aún sin ser visible detrás de las montañas al fondo del valle, vomitaba un acuoso algodón naranja brillante a través del azul pálido. Pedí al restaurante nos hicieran traer panqueques, mermelada, café y jugo de naranja y Karina se despertó contenta de la sorpresa, con los modos juguetones que su buen humor acarreaban. El resto del día nos mantuvimos retozando y poco después del anochecer abordamos el auto y manejamos en la oscuridad con Band Of Horses de compañía. El paisaje se extendía calmo y con luces amotinadas sobre la falda de la montaña como fondo. Desentonada, cantaba las canciones bajísimo mientras escribía en la libretita roja que guardaba entre sus gruesas medias negras y el vientre y de la que nunca se separaba. El parabrisas se llenaba lenta y progresivamente de gotas pesadas que entonaban curiosas sucesiones de golpes sobre el techo de latón del destartalado auto que manejábamos. El auto se enfriaba y Karina liaba otro cigarrillo de cenizas azules.

Acercándose el amanecer, Karina tomó el volante y entramos a un desolado pueblito grisáceo de tejas rojizas cuyos límites se marcaban por la pesada neblina que se extendía a través de los edificios carcomiendo enteras las paredes. Lo que años antes era un pueblo colorido y lleno de vida, se había poco a poco convertido en el desolado páramo que ahora veíamos.

Encontramos a “X” sentado en la barra de un destartalado bar en el corazón de la niebla. Bajo, de espaldas anchas y una barba gruesa cubriéndole el rostro sereno, salto del banco al vernos entrar y caminó al fondo del bar después de con la mano pedirnos que lo siguiéramos. Nos llevó al fumadero donde las antes niñas que por el colorido pueblito de paredes de colores y de soles radiantes corrían, jugaban y reían, fumaban de narguiles de cristal el mazacote de colores brillantes que les cambiaban por placeres de sus cuerpos cristalinos o les vendían en precios irracionales a las que apenas empezaban y que las dejaba tranquilas, sumidas en un sopor de estremecimientos suaves y tan placenteros que no deseaban salir mas de ahí. “X” se sentó entre los almohadones después de hacer a un lado dos tersos cuerpos consumidos de tanto fumar. Sacó del bolsillo un gotero de cristal oscuro, separó sus párpados con los dedos gordos y manchados de ceniza y echo una gota del espeso líquido en el ojo izquierdo. Permaneció quieto un momento y al bajar la vista, tenía un iris tan grande que apenas se alcanzaba adivinar la blancuzca evidencia de que era un ojo y no un enorme ópalo negro el que nos miraba. Cubrió su ojo derecho con un parche que antes reposaba sobre su frente y encendió el narguile soltando bocanadas de humos de aromas picantes. Nos observo callado y le ofreció el frasquito a Karina quien se aplico una gota en cada ojo y se quedó quieta observándonos con 2 enormes manchones de tinta brillante donde antes sus ojos felinos descansaban.

Los bombillos envueltos en lámparas chinas de papel rojo, iluminaban la pesada humareda que nos envolvía y “X”, silencioso, envuelve pacientemente una caja pequeña en papel azul metálico mientras canta una dulce cancioncilla sin tener muy clara la letra de la misma. Me entrega la caja envuelta que brilla en contraste con el rojo vivo de los bombillos que nos iluminan y toma mis manos entre sus manos. – Cuídala y cuida de esto- me dice después de descubrir el ojo sano en medio de una seriedad y con la fuerza de las manos que buscan hacer certera la advertencia.

Saqué cargando a Karina del lugar y después de subirla al asiento trasero le quité las botas y la cubrí con mi pesado abrigo negro para que tratara de bajar del embrollo mental en el que estaba. Karina solía hacer esto. Solía quedar tan inútil que no me quedaba más alternativa que aislarla del resto de planeta para evitarle el regreso a los despertares en medio de una acera mojada y sucia.

No estaba seguro de querer continuar con la situación. De si en realidad deseaba concentrarme en evitarle a esta bella mujercita el desastre al que se enfilaba si continuaba como a ella le gustaba vivir. Era un trabajo extenuaste, siempre atento de todo eso que ella necesitaba y quería. Viviendo a través de los errores de quien no le importa cometer errores y cometiéndolos aún cuando sabes que los vas a cometer y arrepintiéndote por no tomar la decisión correcta.

Manejamos 2 días y Karina no despierta. Apenas respira, apenas se mueve la esbelta espalda y sus labios partidos, mordidos y secos son evidencia de la inutilidad de su nariz.

Decidí llevarla a la playa y acostarla sobre la arena tibia para que descansara con el murmuro del mar. Pero al detener el motor me dí cuenta que la respiración de Karina se apaciguaba a ritmo con el oleaje y cada vez la piel se le trasparentaba más, dejando ver sus pulmones húmedos de alquitrán, su bella piel palideciendo y mostrando el interior quemado y marchito. Cada vez palidece más y más, como un espejo viejo que ya no refleja y dejando dos boquetes enormes donde sus felinos ojos descansaban. Apenas una silueta de tono lechoso mezclándose con el granulado de la arena donde antes descansaba su cuerpo.

Todo el tiempo fueron los mismos escenarios donde nacían y morían esos personajes que me acompañaban a todos lados y a quienes para dar gusto terminaba por llevar al mar. Lugar donde los encontré y donde palidecían hasta hacerse con la arena y con el murmullo del planeta que no existe. Todos parte de mi, parte de la construcción que me evitaba la soledad, de la idealización de espacios vacíos que llenaba buscando no pensar en que la única entrada de luz que tenía estaba rayada por gruesos barrotes de hierro y que la plancha de concreto sobre la que dormía nunca cambió.

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